María José Mompo: pintar para silenciar el miedo y llenar de color la vida

María José Mompo: pintar para silenciar el miedo y llenar de color la vida

Cuando a María José Mompo le diagnosticaron párkinson a los 43 años, jamás imaginó que la pintura acabaría convirtiéndose en uno de sus grandes refugios. Lo que comenzó con dos libros de mandalas regalados por una amiga se transformó, poco a poco, en una forma de desconectar, de expresar emociones y de reencontrarse consigo misma.

Sus obras, llenas de colores intensos, figuras femeninas y miradas que parecen hablar por sí solas, son también un reflejo de su propia manera de afrontar la enfermedad: con energía, valentía y una profunda necesidad de seguir creando. Porque, para María José, cada cuadro terminado es un pequeño triunfo y cada pincelada una forma de estar plenamente en el presente.

 

Entrevista

Cuéntanos un poco sobre ti.

Soy María José Mompo, de Valencia. Me diagnosticaron párkinson a los 43 años, y ahora tengo 55. Era una persona normal, como tantas otras, y nunca imaginé que podría tener esta enfermedad a esa edad. Me costó aceptar el diagnóstico, pero luché por no caer en una depresión y por seguir haciendo mi vida lo más normal posible: criando a mis hijos y cuidando de mi familia.

¿Cuándo empezaste a pintar?

Empecé pintando mandalas. Una buena amiga, cuando le conté lo que me pasaba, me regaló dos libros de mandalas para colorear, y ahí empezó todo.

¿Qué significa la pintura para ti?

Para mí es otro hobby, pero también es mi manera de desconectar del mundo. Mientras pinto es como si estuviera yo sola, sin preocupaciones ni pensamientos extraños, en un lugar donde es fácil evadirse. Cuando estoy muy nerviosa cojo el libro y me pongo a pintar, y es una evasión fantástica. De hecho, en mi casa, si me ven pintando una mandala, ya saben que estoy nerviosa o estresada y nadie se me acerca, ¡jajaja!

¿Qué papel ha tenido el arte en tu vida desde el diagnóstico de párkinson?

Ha sido relajación mental y, al mismo tiempo, orgullo. Yo era una patosa y ahora es todo lo contrario: me esfuerzo en plasmar lo que veo, y luego siento el orgullo de ver cómo las paredes de mi casa se van llenando de mi esencia, de pedacitos de mí.

¿Te ayuda la pintura a afrontar la enfermedad? ¿De qué manera?

Sí, es superación: es como un reto que, si lo superas, te sientes orgullosa de ti misma por haberlo conseguido. Con la pintura me pasa lo mismo: cuando termino el cuadro siento la satisfacción de haberlo logrado.

¿Cómo describirías tu estilo artístico?

No tengo un estilo determinado, pero sí me gusta pintar mujeres negras con turbantes, y me encanta el colorido: los colores vivos que transmiten energía y mucho positivismo.

¿Qué te inspira a la hora de crear?

Me inspiran mucho los ojos de las personas. Soy de fijarme mucho en las miradas, porque para mí ahí está nuestra esencia. Las miradas no engañan, lo dicen todo de las personas: cómo se sienten, las envidias, las penas, las alegrías y el amor. Todo eso no lo pueden esconder las miradas de la gente.

¿Hay alguna obra que tenga un significado especial para ti?

Sí, tengo un cuadro de una mujer negra cuya mirada me impactó muchísimo cuando la conseguí plasmar. Es la mirada de una mujer fuerte que dice “estoy aquí, pese a lo que pese”: una mirada desafiante y guerrera.

¿Qué sientes cuando estás pintando?

No es lo que siento, sino todo lo contrario: no siento dolor, ni desesperación, ni angustia por lo que pueda pasar el día de mañana. Siento que estoy exactamente en el momento en el que debo estar.

¿Qué le dirías a otras personas con párkinson que quieran iniciarse en alguna actividad artística?

Les diría que siempre sale algo positivo de cualquier cosa inesperada. Que cojan un lienzo y se dejen llevar por las emociones, que construyan sus propias ideas e imágenes, que se dejen llevar por las sensaciones y que disfruten de cada pincelada.

¿Cómo describirías tu pintura en tres palabras?

Energía, vibrante, desafiante.

 

En cada uno de sus cuadros hay algo de la mujer que los crea: fuerza, sensibilidad y un desafío constante a las dificultades. Sus figuras femeninas de colores vibrantes y sus miradas intensas nos recuerdan que, incluso en los momentos más complicados, siempre existe un espacio para la belleza, la calma y la expresión.

María José encontró en la pintura mucho más que una afición. Encontró un refugio, una forma de superación y una manera de llenar las paredes de su casa —y de su vida— de pequeños pedacitos de sí misma.

Y quizá ese sea el gran mensaje que nos deja su historia: que el arte no cambia un diagnóstico, pero sí puede cambiar la manera de convivir con él.