Mi hijo

No puedo dejar de preguntarme si la manera en la que pienso, me siento y me comporto en relación a mi hijo está totalmente condicionada por mi enfermedad oyo ya era así. Una niña que había crecido sin madre y una mala madre en potencia. 

 

Es un hecho y una obviedad que mi cerebro está doblemente afectado por el párkinson y por la medicación que tomo. Y a he pasado demasiados años siendo un torbellino de incoherencias emocionales. Y yo sé que eso ha limitado mis capacidades para ejercer de madre. Que ya venían mermadas por la falta de una figura materna desde una edad muy temprana.

 

La cosa está en que da igual la respuesta. No cambia nada saber si la causa es el párkinson o no.

 

Lo que sí que importa, y me genera un gran desasosiego, es ver que he sido incapaz de ofrecer a mi hijo la estabilidad y seguridad emocional que el resto de madres saben transmitir a sus hijos casi de manera instintiva.

 

Y eso me atormenta. Y pienso en si la decisión de ser madre, en mi caso, fue un acto de egoísmo, por querer experimentar como madre lo que las circunstancias me habían impedido vivir como hija. Sin tener en cuenta las consecuencias. Y luego el párkinson lo complicó todo aún más.

 

Imagino que este texto a algunos os pondrá tristes y a otros os despertará lástima por mi hijo. Y por mí. Una pobre huérfana de madre que tiene una enfermedad crónica muy chunga y que se autoflagela porque piensa que su hijo lo ha pasado mal por su culpa.

 

Aunque el objetivo de este escrito no es compadecerme yo a mí misma ni que lo hagáis vosotros, acepto vuestra compasión. Por mis miedos. Porque a veces yo veo a mi hijo como un joven un poco perdido y con carencias que no sé cómo le afectarán en el futuro.

 

Pero a mi hijo no hace falta que le tengáis lástima porque de las malas madres, igual que de la falta de madre, también se aprende. Y es que cuando miro bien a mi hijo, cuando me despojo de mis miedos, ante todo veo, casi con admiración, una persona invencible. Una persona fuerte y sensible y con mucha personalidad, capaz de cometer muchos aciertos y también capaz, incluso con ganas, de equivocarse muchas veces, sin desmoronarse.