No estoy sola: cuando la comunidad se convierte en sostén tras el Parkinson
19/01/2026
A finales de año, desde la comunidad Degén, pedimos a nuestras usuarias y usuarios que compartieran cómo había sido su experiencia formando parte de la comunidad. No buscábamos valoraciones ni resultados, sino palabras honestas: qué les había servido, qué había cambiado, qué había sido difícil y qué había supuesto no recorrer el camino en soledad.
Las respuestas llegaron en forma de cartas. Cartas largas y breves, manuscritas y digitales, desde distintos lugares y momentos vitales. Cartas que hablaban de miedo, de alivio, de cansancio, de pequeños logros y, sobre todo, de acompañamiento. Fueron tantas, y tan valiosas, que como equipo entendimos que no podíamos reducirlas a un solo texto.
Por eso nace esta serie de artículos. Una serie construida a partir de voces reales de personas con Parkinson, familiares y cuidadores, que iremos publicando una vez por semana. Lo hacemos porque estas cartas nos han conmovido como equipo, pero también porque creemos que pueden ayudar a otras personas con Parkinson a sentirse comprendidas, acompañadas y un poco menos solas.
El vacío que llega con el diagnóstico
Muchas personas describen el diagnóstico como un antes y un después brusco.
Tras años de síntomas, pruebas y dudas, llega por fin un nombre… y después, el silencio.
“Salí de la consulta con una pastilla y muchas preguntas.”
En ese momento aparecen pensamientos que se repiten:
¿qué va a pasar conmigo?, ¿hasta dónde llegaré?, ¿quién soy ahora?, ¿a quién puedo contarle esto sin tener que explicarme?
Ese vacío no siempre lo llena la información médica.
A veces lo llena algo mucho más básico: sentirse acompañada.
El grupo como primer refugio
Muchas de las cartas que hemos recibido coinciden en lo mismo:
La importancia de encontrar un grupo donde no haga falta justificarse.
Personas como Lourdes, Gladys o Isaura cuentan cómo, por primera vez, pudieron hablar con libertad. Sin fingir estar bien. Sin minimizar lo que sentían. Sin tener que traducir su experiencia.
“Aquí puedo decir cómo estoy de verdad.”
“Aquí nadie me mira raro.”
“Aquí no tengo que demostrar nada.”
El grupo se convierte así en un refugio.
Un espacio donde escuchar y ser escuchada, donde las emociones no estorban y donde el Parkinson deja de ser una etiqueta para convertirse en una experiencia compartida.
Cuando el grupo se convierte en comunidad
Con el tiempo, algo cambia.
El grupo deja de ser solo un espacio terapéutico y empieza a convertirse en comunidad.
Personas que no se conocían entre sí, que viven en lugares distintos y tienen historias muy diferentes, empiezan a reconocerse unas en otras.
Desde Perú, Rocío habla de la sorpresa de sentirse cerca de personas a las que nunca ha visto en persona.
Desde otros lugares, Lidia describe la sensación de pertenencia, de formar parte de algo más grande que una misma.
No se trata solo de compartir una enfermedad.
Se trata de compartir humanidad, vulnerabilidad, humor, cansancio y también pequeños logros.
Ahí aparece el “nosotras”.
Y con él, algo fundamental: la sensación de no caminar sola.
“No estoy sola”: una frase que lo cambia todo
En muchas cartas aparece, de una forma u otra, la misma idea:
el simple hecho de saberse acompañada cambia la manera de vivir el Parkinson.
No lo elimina.
No lo cura.
Pero lo hace más llevadero.
Personas como Laura, desde México, o Yoli, lo expresan con claridad: cuando sabes que hay otras personas atravesando lo mismo, el peso se reparte.
“Saber que hay alguien al otro lado marca la diferencia.”
“Ya no siento que esto me pase solo a mí.”
Y esa frase —no estoy sola— se convierte en el primer sostén real.
Una serie para escuchar, no para convencer
Este es el primer artículo de la serie Voces Degén.
Durante las próximas semanas iremos publicando un artículo nuevo cada semana, abordando distintos temas que aparecen de forma recurrente en las cartas:
la aceptación sin resignación,
los cambios reales en el día a día,
el trabajo emocional invisible,
la mirada de parejas y cuidadores,
y las voces que llegan desde otros países.
Cada texto estará construido a partir de experiencias reales, con respeto, sin exageraciones y sin promesas vacías.
Porque a veces, lo más terapéutico no es una solución, sino una voz que dice:
“yo también estoy aquí”.
Próximo artículo
Aceptar no es rendirse: cuando dejar de luchar permite empezar a vivir
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