Hay personas que pintan cuadros y otras que, sin darse cuenta, terminan pintando también una forma de resistir. Ese parece ser el caso de Remei, vecina de Ivars d’Urgell (Lleida), que encontró en los pinceles un refugio, una compañía y una manera de seguir conectando con todo aquello que le emociona.
Su relación con el arte viene de lejos. “Me viene de jovencita”, explica. Aunque durante muchos años la vida, el trabajo y las obligaciones fueron ocupando el espacio de aquella inquietud creativa. “Pasé unos años sin hacer nada y lo retomé después de casados, pero empecé con cerámica cocida y manualidades. Pero a mí lo que más me gustaba era el pincel”.
Con el tiempo, a través de una asociación de mujeres de su pueblo, llegó una profesora que impartía clases de pintura al óleo y ahí volvió a reencontrarse con esa parte de sí misma que había quedado aparcada. Más adelante, ya con la enfermedad, empezó también a trabajar la acuarela, una técnica en la que hoy se mueve con especial sensibilidad.
A Remei le inspira prácticamente todo lo que mira. “Veo unas flores y me encanta. Veo un paisaje y me encanta. Veo una calle torcida y me encanta. Veo una puesta de sol… lo que sea”. Y esa mirada aparece claramente en sus obras: paisajes tranquilos, flores llenas de color, escenas urbanas o pequeños detalles cotidianos convertidos en algo delicado y luminoso.





El diagnóstico llegó en marzo de 2022, cuando tenía 63 años, después de un tiempo conviviendo con dolor y sin saber exactamente qué ocurría. “La médica de mi pueblo me recomendó ir al neurólogo y al cabo de media hora tenía el veredicto”. Como ocurre en muchas personas con párkinson, el impacto inicial fue difícil. “Jamás pensé que iba a pasarlo tan mal”.
Sin embargo, con el paso del tiempo, la pintura fue ocupando un lugar importante dentro de su día a día y también dentro de su manera de gestionar emocionalmente la enfermedad. “Que estoy un poquito triste, pues cojo los pinceles. Que no me encuentro muy bien, cojo los pinceles”.
Remei habla del arte sin dramatismos y con una naturalidad que emociona precisamente por eso. Cuenta que durante una etapa inicial del tratamiento tenía una energía constante para crear. “Siempre tenía ganas de pintar y hacer cosas”, recuerda. Más tarde, con los cambios de medicación, esa etapa fue transformándose, pero la necesidad de seguir pintando permaneció.
Hoy continúa creando, aunque reconoce que ya no puede hacerlo exactamente igual que antes. “Mis manos no son las de antes”. Aun así, hay algo que no ha cambiado: su necesidad de que las obras transmitan vida. “Me gusta que mis obras sean alegres y admiro mucho la vida”.
Quizá por eso sus cuadros están llenos de color, flores abiertas, cielos luminosos y paisajes serenos. No parecen pinturas hechas desde la resignación, sino desde el deseo de seguir encontrando belleza incluso en medio de las dificultades.
Remei tampoco improvisa frente al lienzo. “Nunca empiezo un cuadro sin saber lo que voy a hacer”. Y aunque el párkinson haya cambiado algunas cosas, hay otras que siguen intactas: la emoción de empezar una nueva obra, la necesidad de expresarse y la ilusión de seguir creando.
Porque a veces el arte no elimina los días difíciles, pero sí puede convertirlos en algo más habitable.
Y desde la Comunidad Degén queremos agradecer a Remei que nos haya abierto una pequeña ventana a su mundo, compartiendo su obra, su historia y esa manera tan luminosa de mirar la vida. Sus cuadros transmiten exactamente eso que ella busca al pintar: alegría, sensibilidad y ganas de seguir creando pese a las dificultades. Gracias, Remei, por contagiarnos toda esa luz que emana de tus pinceles.