Este fenómeno no es algo particular de la enfermedad de Parkinson. Desde hace tiempo es conocida la infrarrepresentación de la mujer en estudios de investigación, en la extrapolación de resultados de los estudios en población masculina a la femenina, y la peor calidad asistencial que reciben las mujeres, de modo general, incluyendo la comparación de los tiempos de demora y de espera desde los primeros síntomas hasta la atención sanitaria y los tipos de estrategias terapéuticas.
En este androcentrismo se aplican bastantes juicios subjetivos hacia las mujeres, así como una falta de rigor y transparencia. Se toman decisiones sin que en ocasiones sepan identificar completamente el valor de los signos y síntomas de las mujeres, porque no han sido estudiadas. La falta de tolerancia a la incertidumbre contribuye también a una práctica médica incoherente.
La mayor dificultad en incorporar a las mujeres a los ensayos, su alta tasa de abandono durante el seguimiento, los efectos de confusión provocados por los cambios hormonales y las interacciones con otros tratamientos concomitantes —terapia hormonal sustitutiva (THS) o anticonceptivos— son más argumentos para su exclusión. Y así las mujeres sufren más efectos adversos que los hombres ante los mismos tratamientos.
En la mujer además es un hecho el mayor esfuerzo terapéutico solo ante los síntomas, pues no se realizan en ellas las pruebas oportunas para llegar a un diagnóstico; la mujer está sometida a una mayor psicologización que el hombre, con lo que existe sobreprescripción de fármacos psicótropos en ellas con lo que el posible diagnóstico de la enfermedad es más tardío. Son síntomas específicamene físicos que se reinterpretan como ansiedad, estrés o somatización retrasando una exploración exhaustiva y completa y la realización de las pruebas diagnósticas necesarias. Este retraso y la tendencia interpretativa hacia lo psicológico tiene consecuencias clínicas, psicológicas y sociales profundas en modo de vivencias de culpa, baja autoestima, vergüenza e internalización de etiquetas negativas incluso años previos al diagnóstico, mostrando que el infrarreconocimiento tiene un coste identitario, además de funcional.
Incluso aunque las mujeres tengan un riesgo mayor de desarrollar ciertas afecciones (como la enfermedad pulmonar obstructiva crónica) el diagnóstico continúa siendo más frecuentemente emitido en hombres. El argumento en este caso es que éstos tienen verdaderamente un mayor riesgo por fumar más históricamente. Y la enfermedad de Parkinson históricamente ha sido una enfermedad más prevalente en hombres mayores del entorno agrario.
Una de las causas que subyacen a la demora de la asistencia sanitaria es el rol de género de la mujer como cuidadora. Automedicándose con mucha frecuencia, enfrentándose a mayores barreras para priorizar su propio tratamiento, y experimentando un menor apoyo en sus procesos de rehabilitación. Factores psicosociales que influyen en la progresión de la enfermedad y en la respuesta a la terapia.
Y aunque las mujeres van más al médico, esto es así en atención primaria, no así en la atención hospitalaria ni especializada. Hay que romper con el mito de que las mujeres consumen más recursos sanitarios,
Entonces tenemos por un lado el infradiagnóstico de enfermedades médicas y/o problemas psicológicos relevantes y, por otro, al sobrediagnóstico o a la atribución errónea de sus síntomas físicos a causas psicológicas.
A estas diferencias biológicas (el ejemplo paradigmático es la menopausia) se añade en ocasiones las desigualdades socioculturales que afectan el acceso a tratamientos (pobreza, población racializada, pacientes transexuales…)
Mención aparte merece el dolor crónico que más frecuentemente sufren las mujeres en etapas tempranas de la enfermedad. Este dolor tiende a ser deslegitimado, minimizado o reinterpretado como emocional con mayor frecuencia que en hombres. Este patrón afecta a la credibilidad otorgada al relato y a las decisiones clínicas que siguen al diagnóstico. La deslegitimación repetida puede generar sentimientos de no ser escuchada, desconfianza en el sistema sanitario, la evitación de consultas futuras y un deterioro de la alianza terapéutica. Además, la internalización de etiquetas como “exagerada” o “ansiosa” afecta a la autoimagen y a la percepción de competencia personal.
La consecuencia es una forma de injusticia epistémica: la experiencia subjetiva no se considera fuente válida de conocimiento clínico. Este fenómeno amplifica la brecha diagnóstica y refuerza desigualdades estructurales.
Un nuevo problema añadido es la confianza en la inteligencia artificial. La IA, entendida como un conjunto de técnicas computacionales que aprenden a partir de grandes volúmenes de datos para reconocer patrones y apoyar decisiones complejas como el diseño de fármacos, depende en gran medida de la calidad y representatividad de la información que la alimenta. Cuando los sistemas de IA se entrenan con datos sesgados o sin mecanismos para corregirlos, sus promesas, como el desarrollo de fármacos más seguros y la medicina personalizada, se ven comprometidas, reproduciendo o incluso profundizando desigualdades preexistentes.
En este androcentrismo se aplican bastantes juicios subjetivos hacia las mujeres, así como una falta de rigor y transparencia. Se toman decisiones sin que en ocasiones sepan identificar completamente el valor de los signos y síntomas de las mujeres, porque no han sido estudiadas. La falta de tolerancia a la incertidumbre contribuye también a una práctica médica incoherente.
La mayor dificultad en incorporar a las mujeres a los ensayos, su alta tasa de abandono durante el seguimiento, los efectos de confusión provocados por los cambios hormonales y las interacciones con otros tratamientos concomitantes —terapia hormonal sustitutiva (THS) o anticonceptivos— son más argumentos para su exclusión. Y así las mujeres sufren más efectos adversos que los hombres ante los mismos tratamientos.
En la mujer además es un hecho el mayor esfuerzo terapéutico solo ante los síntomas, pues no se realizan en ellas las pruebas oportunas para llegar a un diagnóstico; la mujer está sometida a una mayor psicologización que el hombre, con lo que existe sobreprescripción de fármacos psicótropos en ellas con lo que el posible diagnóstico de la enfermedad es más tardío. Son síntomas específicamene físicos que se reinterpretan como ansiedad, estrés o somatización retrasando una exploración exhaustiva y completa y la realización de las pruebas diagnósticas necesarias. Este retraso y la tendencia interpretativa hacia lo psicológico tiene consecuencias clínicas, psicológicas y sociales profundas en modo de vivencias de culpa, baja autoestima, vergüenza e internalización de etiquetas negativas incluso años previos al diagnóstico, mostrando que el infrarreconocimiento tiene un coste identitario, además de funcional.
Incluso aunque las mujeres tengan un riesgo mayor de desarrollar ciertas afecciones (como la enfermedad pulmonar obstructiva crónica) el diagnóstico continúa siendo más frecuentemente emitido en hombres. El argumento en este caso es que éstos tienen verdaderamente un mayor riesgo por fumar más históricamente. Y la enfermedad de Parkinson históricamente ha sido una enfermedad más prevalente en hombres mayores del entorno agrario.
Una de las causas que subyacen a la demora de la asistencia sanitaria es el rol de género de la mujer como cuidadora. Automedicándose con mucha frecuencia, enfrentándose a mayores barreras para priorizar su propio tratamiento, y experimentando un menor apoyo en sus procesos de rehabilitación. Factores psicosociales que influyen en la progresión de la enfermedad y en la respuesta a la terapia.
Y aunque las mujeres van más al médico, esto es así en atención primaria, no así en la atención hospitalaria ni especializada. Hay que romper con el mito de que las mujeres consumen más recursos sanitarios,
Entonces tenemos por un lado el infradiagnóstico de enfermedades médicas y/o problemas psicológicos relevantes y, por otro, al sobrediagnóstico o a la atribución errónea de sus síntomas físicos a causas psicológicas.
A estas diferencias biológicas (el ejemplo paradigmático es la menopausia) se añade en ocasiones las desigualdades socioculturales que afectan el acceso a tratamientos (pobreza, población racializada, pacientes transexuales…)
Mención aparte merece el dolor crónico que más frecuentemente sufren las mujeres en etapas tempranas de la enfermedad. Este dolor tiende a ser deslegitimado, minimizado o reinterpretado como emocional con mayor frecuencia que en hombres. Este patrón afecta a la credibilidad otorgada al relato y a las decisiones clínicas que siguen al diagnóstico. La deslegitimación repetida puede generar sentimientos de no ser escuchada, desconfianza en el sistema sanitario, la evitación de consultas futuras y un deterioro de la alianza terapéutica. Además, la internalización de etiquetas como “exagerada” o “ansiosa” afecta a la autoimagen y a la percepción de competencia personal.
La consecuencia es una forma de injusticia epistémica: la experiencia subjetiva no se considera fuente válida de conocimiento clínico. Este fenómeno amplifica la brecha diagnóstica y refuerza desigualdades estructurales.
Un nuevo problema añadido es la confianza en la inteligencia artificial. La IA, entendida como un conjunto de técnicas computacionales que aprenden a partir de grandes volúmenes de datos para reconocer patrones y apoyar decisiones complejas como el diseño de fármacos, depende en gran medida de la calidad y representatividad de la información que la alimenta. Cuando los sistemas de IA se entrenan con datos sesgados o sin mecanismos para corregirlos, sus promesas, como el desarrollo de fármacos más seguros y la medicina personalizada, se ven comprometidas, reproduciendo o incluso profundizando desigualdades preexistentes.
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