La Enfermedad de Parkinson no solo desgasta a quien la padece; muchas veces también desgasta económicamente a toda la familia. Sobre el papel parece una enfermedad cubierta por la sanidad pública, pero en la práctica una parte importante de lo que realmente hace falta para vivir con cierta calidad sale del bolsillo de casa.
Al principio puede parecer llevadero. La persona sigue siendo bastante independiente y desde fuera incluso da la sensación de que “no está tan mal”. Pero enseguida empiezan los gastos que casi nadie ve: sesiones de fisioterapia, logopedia, desplazamientos, ayudas para caminar, pequeñas adaptaciones en casa o alguien que eche una mano algunas horas. Sin contar la medicación, fácilmente pueden irse unos 300 euros al mes. Y para mucha gente eso ya es un problema serio.
Con el paso de los años la situación suele complicarse. Aparecen más dificultades para moverse, vestirse, comer o simplemente estar solo. Entonces ya no basta con una consulta de vez en cuando: hace falta apoyo diario. Y ese apoyo cuesta dinero. Un caso intermedio puede suponer alrededor de 1.500 euros al mes adicionales. Es decir, más de lo que muchas personas ganan trabajando. A partir de ahí, la enfermedad deja de ser solo un problema de salud y se convierte en un problema económico.
En fases avanzadas la cuenta puede ser todavía más dura. Si hace falta una persona cuidando muchas horas al día o una residencia, hablamos fácilmente de 3.000 euros mensuales o más. Para la mayoría de familias, esa cifra está fuera de alcance. No porque no quieran cuidar, sino porque simplemente no pueden pagar ese nivel de atención.
Por eso me reafirmo, medio en serio y medio con rabia, que el Parkinson acaba siendo una enfermedad para ricos porque afrontarla bien cuesta tanto que mucha gente no puede permitírselo. Y eso marca una diferencia enorme: quien tiene recursos accede a terapias, ayuda y cuidados; quien no, muchas veces depende solo del sacrificio de su familia.
Al final, dos personas con el mismo diagnóstico pueden vivir enfermedades muy distintas. Una tendrá apoyos y medios para mantener autonomía durante años. La otra quizá dependa de hijos, pareja o familiares que hacen lo que pueden, muchas veces dejando su trabajo o agotando sus ahorros. Y ahí es donde una enfermedad deja de ser solo médica y pasa a ser también una cuestión de desigualdad. Y no es justo.
Al principio puede parecer llevadero. La persona sigue siendo bastante independiente y desde fuera incluso da la sensación de que “no está tan mal”. Pero enseguida empiezan los gastos que casi nadie ve: sesiones de fisioterapia, logopedia, desplazamientos, ayudas para caminar, pequeñas adaptaciones en casa o alguien que eche una mano algunas horas. Sin contar la medicación, fácilmente pueden irse unos 300 euros al mes. Y para mucha gente eso ya es un problema serio.
Con el paso de los años la situación suele complicarse. Aparecen más dificultades para moverse, vestirse, comer o simplemente estar solo. Entonces ya no basta con una consulta de vez en cuando: hace falta apoyo diario. Y ese apoyo cuesta dinero. Un caso intermedio puede suponer alrededor de 1.500 euros al mes adicionales. Es decir, más de lo que muchas personas ganan trabajando. A partir de ahí, la enfermedad deja de ser solo un problema de salud y se convierte en un problema económico.
En fases avanzadas la cuenta puede ser todavía más dura. Si hace falta una persona cuidando muchas horas al día o una residencia, hablamos fácilmente de 3.000 euros mensuales o más. Para la mayoría de familias, esa cifra está fuera de alcance. No porque no quieran cuidar, sino porque simplemente no pueden pagar ese nivel de atención.
Por eso me reafirmo, medio en serio y medio con rabia, que el Parkinson acaba siendo una enfermedad para ricos porque afrontarla bien cuesta tanto que mucha gente no puede permitírselo. Y eso marca una diferencia enorme: quien tiene recursos accede a terapias, ayuda y cuidados; quien no, muchas veces depende solo del sacrificio de su familia.
Al final, dos personas con el mismo diagnóstico pueden vivir enfermedades muy distintas. Una tendrá apoyos y medios para mantener autonomía durante años. La otra quizá dependa de hijos, pareja o familiares que hacen lo que pueden, muchas veces dejando su trabajo o agotando sus ahorros. Y ahí es donde una enfermedad deja de ser solo médica y pasa a ser también una cuestión de desigualdad. Y no es justo.
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