Author Avatar
Paqui Ruiz González

Cuando envejecemos más rápido que nuestras madres

Querida mamá,

Te escribo estas líneas porque a veces, cuando hablamos, las palabras se me enredan con la lentitud, el miedo o la enfermedad.

Quiero empezar diciendo algo que no siempre te digo: te quiero y agradezco infinitamente todo lo que haces por mí. Sé que me cuidas porque me amas y porque te duele verme luchar contra el Párkinson. Sé que cuando me dices "siéntate" o "cuidado" nace del deseo de protegerme, como haz hecho toda la vida.

Pero necesito que entiendas algo que me quema por dentro: el Párkinson ya me ha quitado demasiado. Me ha quitado mi libertad de movimiento, mi espontaneidad y, lo que más me duele, me ha quitado la posibilidad de ser yo quien os cuide a papá y a ti ahora que sois mayores.

Cuando me pides que no me mueva o cuando vigilas cada uno de mis pasos, siento que, sin que sea tu intención, que también me quitas mi identidad. Siento que dejo de ser tu hija adulta para convertirme en alguien que sólo necesita vigilancia. Y eso me hace querer gritar de rabia ante lo que me parece una injusticia de la vida.

Te pido un favor por mi salud emocional:
Déjame intentarlo: Aunque me tambalee o me cueste, necesito sentir que mi cuerpo todavía me pertenece un poco.
Déjame caer si es necesario: Prefiero un tropiezo físico a sentir que ya no puedo ni intentar caminar.

Tratarme como tu hija adulta: Sigue pidiéndome opinión, sigue compartiendo tus cosas conmigo. Necesito sentir que mi mente y mi lugar en esta familia sigue intactos, más allá de mi enfermedad.
No estamos enfrentadas. El enemigo es el Parkinson, no tú. Si me dejas un poco de ese espacio y de autonomía, podré estar más tranquila y menos frustrada contigo.

Gracias por estar a mi lado, pero, sobre todo, gracias por intentar entenderme.

Té quiero mucho.

Comentarios (3)

Debes estar registrado para poder publicar tu comentario