Hace unos años, cuando estaba investigando para mi libro “Los caminos de la dopamina”, lei un artículo de la Dra. en Fisiatría Virginia Pomar, en el que decía que la gran mayoría de las caídas era evitable.
Me pareció exagerado, y recuerdo que pensé que quienes sufrían de la pérdida de equilibrio, podrían molestarse ante tal afirmación, ya que nadie se cae de gusto.
Pero, por tratarse de una especialista, lo que hice fue citarla en forma textual. Si se molestan, será por sus propias palabras, no por las mías.
Hoy, luego de más de tres años, tengo que darle la razón. La mayoría de las caídas son evitables.
No lo digo por experiencia propia. Por suerte, todavía no me pasa, aunque cada vez me mareo más y siento que no estoy lejos.
Pero lo noto en dos compañeros.
Eduardo se cae cada vez que camina para atrás.
Gabriel se ha caído en las rocas cuando va a pescar, cuando cocinaba en un campamento,
A Eduardo le pregunté por qué no probaba a girar despacio y caminar hacia adelante, en vez d hacerlo hacia atrás.
“tenés razón” me dijo. Voy a tenerlo presente.
Con Gabriel pasó algo similar. En la ducha, después de hidroterapia, lo vi sacarse el short de baño bajo la ducha, con la cola apoyada contra la pared, parado en una pierna y la otra extendida, haciendo malabarismos para sacarse el short con las dos manos, la cabeza hacia delante, y el agua corriendo sobre su cuerpo. Después la misma operación con la otra pierna.
“Termina en el piso”, pensaba yo, pronto para tratar de evitar que se fuera de cabeza.
A mi me pasa algo similar con la comida. Tengo que espesar los líquidos y homogeneizar los sólidos, porque se me van continuamente para el aparato respiratorio.
Pero parece que reconocer que tenemos que tener cuidados especiales, afectara nuestro orgullo.
¿Estar en una comida con amigos, y hacer puré con la carne? ¿Espesar la bebida? ¿Sacarme el short sentado?
Nooo. Es como reconocer que perdemos otra parte de nuestra autonomía, o algo así.
Entonces me di cuenta de que la doctora tenía razón: si aceptamos nuestras limitaciones, tomamos conciencia de los cuidados y previsiones que debemos tener, y priorizamos nuestro bienestar antes que nuestro orgullo, seguramente mejorará nuestra calidad de vida y la de quienes nos cuidan y acompañan, que sufren cuando nos caemos o cuando nos atragantamos, pudiendo evitarlo.
Me pareció exagerado, y recuerdo que pensé que quienes sufrían de la pérdida de equilibrio, podrían molestarse ante tal afirmación, ya que nadie se cae de gusto.
Pero, por tratarse de una especialista, lo que hice fue citarla en forma textual. Si se molestan, será por sus propias palabras, no por las mías.
Hoy, luego de más de tres años, tengo que darle la razón. La mayoría de las caídas son evitables.
No lo digo por experiencia propia. Por suerte, todavía no me pasa, aunque cada vez me mareo más y siento que no estoy lejos.
Pero lo noto en dos compañeros.
Eduardo se cae cada vez que camina para atrás.
Gabriel se ha caído en las rocas cuando va a pescar, cuando cocinaba en un campamento,
A Eduardo le pregunté por qué no probaba a girar despacio y caminar hacia adelante, en vez d hacerlo hacia atrás.
“tenés razón” me dijo. Voy a tenerlo presente.
Con Gabriel pasó algo similar. En la ducha, después de hidroterapia, lo vi sacarse el short de baño bajo la ducha, con la cola apoyada contra la pared, parado en una pierna y la otra extendida, haciendo malabarismos para sacarse el short con las dos manos, la cabeza hacia delante, y el agua corriendo sobre su cuerpo. Después la misma operación con la otra pierna.
“Termina en el piso”, pensaba yo, pronto para tratar de evitar que se fuera de cabeza.
A mi me pasa algo similar con la comida. Tengo que espesar los líquidos y homogeneizar los sólidos, porque se me van continuamente para el aparato respiratorio.
Pero parece que reconocer que tenemos que tener cuidados especiales, afectara nuestro orgullo.
¿Estar en una comida con amigos, y hacer puré con la carne? ¿Espesar la bebida? ¿Sacarme el short sentado?
Nooo. Es como reconocer que perdemos otra parte de nuestra autonomía, o algo así.
Entonces me di cuenta de que la doctora tenía razón: si aceptamos nuestras limitaciones, tomamos conciencia de los cuidados y previsiones que debemos tener, y priorizamos nuestro bienestar antes que nuestro orgullo, seguramente mejorará nuestra calidad de vida y la de quienes nos cuidan y acompañan, que sufren cuando nos caemos o cuando nos atragantamos, pudiendo evitarlo.
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