Desde que me diagnosticaron Parkinson, luego del shock inicial y de informarme sobre la enfermedad, me vino a la mente una metáfora: la de compararme con un soldado.
No un soldado héroe de guerra, sino uno de esos que, a diario, en silencio, con disciplina y constancia, libran una batalla permanente. Así fue como personalicé el conflicto: era yo contra “Parki”. No desde el dramatismo, sino desde la determinación de no entregarme.
Un soldado sabe que no puede bajar la guardia. El Parkinson no da treguas. Por eso tengo que estar alerta, no con miedo, sino con un espíritu combativo. Ese espíritu es el que hoy me ayuda a plantar batalla cada día.
Convoqué a mi familia y les conté lo que padecía, pero también les dije algo más: que no me iban a escuchar quejarme ni compadecerme, y que mis compromisos los seguiría cumpliendo. Eso me dio una enorme satisfacción personal y forma parte de mi actitud frente a la enfermedad.
Rápidamente comprendí la importancia del ejercicio físico: entrenamiento básico, como el de cualquier soldado. A eso se sumaron la bicicleta estática, los estiramientos, el trabajo facial y algo de baile. No siempre hay ganas, pero un soldado está a la orden, quiera o no. Y casi siempre, después, hay una pequeña victoria: un poco más de movilidad, un poco más de control, un poco más de ánimo.
También está el entrenamiento de la mente: aprender, pensar, escribir, mantener la curiosidad viva. El desarrollo cognitivo no es un lujo; es necesario, diría imprescindible. En ese sentido, y entre otras cosas, comencé a escribir algunas canciones, algo que me resulta divertido y estimulante. Incluso le dediqué una a “Parki”, a modo de desafío, dejándole claro que no pienso rendirme.
Un soldado no solo entrena el cuerpo y la mente; también cultiva la actitud. Y aquí, sin recetas ni verdades absolutas, creo que la actitud importa, porque influye en cómo transitamos el camino. La resistencia y la resiliencia no significan negar lo difícil, sino seguir adelante a pesar de ello, aceptando los días buenos y también los malos.
No escribo esto para enseñar a nadie ni para decir cómo deben hacerse las cosas. Cada Parkinson es diferente. Comparto este testimonio con la esperanza de que a alguien le sirva, aunque sea un poco.
Y si alguien quiere enrolarse en esta compañía de soldados silenciosos, será bienvenido.
Saludos.

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