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Cilinia Vega

Esos días en los que el cerebro dice basta

Hoy mi cerebro está en sobrecarga.

Todo empezó a las cinco de la mañana con un dolor de cabeza. Después vino lo de siempre: el analgésico que tarda en hacer efecto —o directamente no lo hace— y la imposibilidad de volver a dormir. Y ahí empieza el bucle. Me duele, no duermo. No duermo, me duele más. Cuantas más horas pasan, más difícil es salir de esa espiral.

Y, por si fuera poco, siempre aparece el comentario de turno: "Es que tomas muchas medicinas" o "habrá que aguantar un poco". Como si una eligiera medicarse por gusto o el dolor desapareciera simplemente echándole más paciencia. Quien convive con el dolor sabe que antes de tomar un analgésico ya ha intentado aguantar. Que nadie quiere depender de una pastilla para poder seguir con su día. Esos comentarios, aunque muchas veces no tengan mala intención, duelen casi tanto como el propio dolor porque minimizan una realidad que solo entiende quien la vive.

Las consecuencias se notan en todo. Voy lenta. Necesito dar catorce vueltas para hacer cualquier cosa. Cojo el coche y conduzco a 50 km/h porque siento que mi cerebro no da para más. No soporto los sitios abarrotados; hoy ni me planteo hacer la compra como tenía previsto. Si varias personas hablan a la vez, soy incapaz de seguir una conversación. Es como si el cerebro hubiera decidido que ya ha procesado suficiente por un día.

Pero llegas al trabajo y los problemas siguen ahí, esperándote. Hay cosas sin resolver y te las acabas apañando como puedes porque, si no las haces tú, probablemente nadie las haga. Así que respiras hondo, tiras de la poca energía que queda y sigues adelante mientras el reloj empieza a contar.

Menos mal que estamos en jornada reducida. Hoy cada hora que pasa es una hora menos para volver a casa, bajar el ritmo y darle a mi cerebro la única cosa que realmente necesita: descanso.

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