A veces, lo que más ayuda a sobrellevar todo no son grandes cambios, sino esos momentos sencillos que compartes con las personas que te hacen bien. Sentarte con amigas a tomar algo, charlar sin prisa y dejar que la conversación fluya puede convertirse en un verdadero respiro. Entre risas, desahogos y opiniones sinceras, las preocupaciones parecen perder peso y todo se ve con un poco más de claridad.
También es importante sentir que realmente te escuchan. Porque puede resultar frustrante intentar explicar cómo te sientes y que la otra persona responda rápidamente con un “pues yo…” desviando la conversación. Recuerdo intentar por primera vez hablar de lo que me pasaba con una amiga y ella responderme durante una hora lo mal que estaba porque la había dejado el novio y yo allí con cara de poker sin saber reaccionar. Por eso se valora tanto esos espacios donde hay escucha de verdad, sin competir por el protagonismo del malestar.
Eso sí, no se trata de convertir cada encuentro en un espacio para centrarse únicamente en lo negativo o en las propias dificultades, sino de encontrar un equilibrio: compartir lo que pesa, pero también dejar espacio para la alegría, las anécdotas y los momentos bonitos. Expresar lo que llevas dentro y sentirte escuchada reconforta, pero reír juntas y disfrutar también es parte esencial de ese bienestar.
Y no solo ocurre en esas quedadas: también pasa en un paseo tranquilo, en una buena película en el cine, en una canción que te acompaña o en cualquier pequeño gesto que te devuelva la calma. Al final, son esos instantes cotidianos los que, sin darnos cuenta, nos ayudan a levantar el ánimo y a mirar el día con otra perspectiva.
A raíz de esto os voy a recomendar un libro, se llama Kit de emergencia emocional: Todo lo que necesitas para sanar tus heridas, curar tus cicatrices y seguir adelante y es de una joven doctora muy activa en redes conocida como Medicilio. Merece la pena.
También es importante sentir que realmente te escuchan. Porque puede resultar frustrante intentar explicar cómo te sientes y que la otra persona responda rápidamente con un “pues yo…” desviando la conversación. Recuerdo intentar por primera vez hablar de lo que me pasaba con una amiga y ella responderme durante una hora lo mal que estaba porque la había dejado el novio y yo allí con cara de poker sin saber reaccionar. Por eso se valora tanto esos espacios donde hay escucha de verdad, sin competir por el protagonismo del malestar.
Eso sí, no se trata de convertir cada encuentro en un espacio para centrarse únicamente en lo negativo o en las propias dificultades, sino de encontrar un equilibrio: compartir lo que pesa, pero también dejar espacio para la alegría, las anécdotas y los momentos bonitos. Expresar lo que llevas dentro y sentirte escuchada reconforta, pero reír juntas y disfrutar también es parte esencial de ese bienestar.
Y no solo ocurre en esas quedadas: también pasa en un paseo tranquilo, en una buena película en el cine, en una canción que te acompaña o en cualquier pequeño gesto que te devuelva la calma. Al final, son esos instantes cotidianos los que, sin darnos cuenta, nos ayudan a levantar el ánimo y a mirar el día con otra perspectiva.
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