No es lo mismo decir «tengo Parkinson» que decir «soy yo con Parkinson».
«Si yo soy lo que tengo, y lo que tengo se pierde, ¿Quién soy entonces?»
Entiendo que no es fácil entender algo tan simple. A mí me ha costado comprenderlo después de quince años de enfermedad y treinta años estudiando medicina. Me lo enseñó hoy mi cactus, regalándome una de las flores más hermosas que he visto.
«Tengo Parkinson» pertenece al territorio del TENER. Es el diagnóstico. Es la explicación neurológica. Es la caída de la dopamina, la rigidez, el temblor, la lentitud. Es lo que el sistema sabe medir, clasificar y protocolizar.
Pero «soy yo con Parkinson»… eso pertenece al territorio del SER.
Porque yo no soy una enfermedad que habita un cuerpo. Soy una persona que vive, piensa, decide y siente con una enfermedad. Y ese «con» lo cambia todo.
El «tengo» puede vaciarte. El «soy yo con» te devuelve.
El «tengo» te coloca en la pérdida. El «soy yo con» te coloca en la posición.
El «tengo» enumera lo que se va. El «soy yo con» descubre lo que permanece.
Hoy, viendo esa flor abrirse en medio de las espinas, entendí que el Parkinson puede endurecer el cuerpo… pero no tiene por qué endurecer el alma.
Que la rigidez puede subir por los músculos, sí… pero no está obligada a instalarse en la mirada, ni en la palabra, ni en la forma de tratar a los demás.
Que incluso en la enfermedad —sobre todo en la enfermedad— existe una elección silenciosa: ser cactus… o ser cactus con flor.
Y esa flor no es negación. No es ingenuidad. No es autoengaño. Es dulzura.
Una dulzura que no viene de fuera. Que no depende de que la vida sea fácil, ni de que el cuerpo responda, ni de que el sistema acompañe.
Es una dulzura que nace desde dentro hacia afuera. Como la flor. Como la única forma digna de estar en el mundo cuando todo lo demás empieza a fallar.
La vida es un arte. Hay que elegirlo, trabajarlo, cultivarlo. No es fácil; es de lo más difícil. No viene en los libros.
Quejarse de no tener es fácil, como llorar como un niño al que no le dan su dulce. Pero sonreír en la adversidad es lo complicado, porque es mucho más fácil quedarse en la queja.
Pero soy madre. Y como madre, una sabe algo que nadie entiende del todo: que vivir es aprender a sacar fuerzas para elegir cada día entre tener luz y sonreír, o morir en la oscuridad con la tristeza.

Víctor Frankl escribió que, cuando ya no podemos cambiar una situación, somos llamados a cambiarnos a nosotros mismos. Hoy, día de la madre, en medio del llanto, entendí esa frase de otra manera. No como teoría. Como flor.

Por eso hoy me siento extrañamente feliz. Porque mi cactus, en silencio, me recordó algo esencial: que incluso en la adversidad puede existir dulzura. Que incluso rodeada de espinas, la vida todavía puede abrirse paso. Y que quizá vivir con Parkinson no consiste solo en aprender a perder lo que se tiene, sino en descubrir, lentamente, quién sigue siendo una cuando todo lo demás empieza a caer. No es fácil , es muy complicado. Que la adversidad no robe nuestra dulzura, con amor y cariño, Martina. Feliz día de las Madres, ),

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