La Traviata



Habíamos estado todo el día recorriendo lugares en la camioneta blanca. Éramos amigos, aunque no conocía su nombre, ni sus caras me resultaran conocidas.

El último lugar en el que estuvimos, tarde de la noche, fue un restaurante.

Antes de irnos, le pedimos a dos de mis amigas desconocidas que cantaran un poco, y casi sin insistencia, sentadas una frente a otra en la mesa, se miraron, sonrieron y empezaron a cantar La Traviata.

Al finalizar, los sorprendidos comensales aplaudieron y ovacionaron parados, como si estuvieran en un gran Teatro, a las dos cantantes y de repente a mí, que me desperté alterado por mi canto a viva voz de una letra que desconozco totalmente, en un perfecto italiano operístico que jamás en mi vida real podría pronunciar.

Me desperté, miré la hora. Las 3 y 38.

Fue un sueño vívido.

Es una de las alteraciones que tenemos la gran mayoría de los que convivimos con el Parkinson.

Pateamos si en el sueño pateamos, pegamos si en el sueño pegamos, saltamos si en el sueño saltamos, o cantamos ópera, convencidos que en italiano, si en el sueño cantamos La Traviata.

Me senté en la cama, pensé en lo grandioso de la mente humana (no sé si en otras mentes también) que nos permite a todos, con o sin Parkinson, soñar con gente totalmente desconocida, con rostros tan nítidos y reales, con voces tan melodiosamente perfectas, y nos permite entonar en una perfecta dicción la letra desconocida de una canción tan potente en un idioma que jamás hablamos ni comprendemos.

Tan maravilloso que lo primero que hice, a las 3 y 50 de la mañana, fue levantarme, encender la computadora y escribir esto que estás leyendo ahora, todavía emocionado por la voz fascinante de mis dos amigas desconocidas y casi sin darle importancia al hecho de que otra vez, como muchas noches, me desperté a las dos, tres o cuatro horas de haberme dormido, sin poder descansar como es debido y aconsejable, alterado por interpretar lo que estoy soñando.

Maravillado por lo que es capaz la mente y la condición humana, que nos permite levantarnos contentos por lo que somos capaces de hacer, por el placer, real, que podemos sentir en un sueño, en vez de amargarnos y deprimirnos como cuando todavía no habíamos aprendido a aceptar y a convivir con la enfermedad que tenemos.

Comentarios (4)

Debes estar registrado para poder publicar tu comentario