Lo “normal” y el reconocimiento
Se jubiló el Vasco (en Uruguay tenemos la costumbre, a veces sana, a veces no, de poner sobrenombres, apodos, a casi todo el mundo.
Loen es transportista, como toda la barra de amigos, y el sábado fue su último día de trabajo. hicimos una parrillada, que en principio iba a ser al mediodía pero como él iba a trabajar, hubo que correrla para la noche.
No vayas, le dijeron algunos. ¿Qué te va a pasar? ¿Te van a suspender? Es tu último día.
Pero el Vasco fue, cumplió. No lo dijo, pero no le importaba el jornal, o la sanción que nunca le hubieran podido aplicar. No faltó por él mismo.
Los compañeros le hicieron una bandera de tela que ataron al frente del ómnibus “Me jubilo” , y de sorpresa, lo esperamos a la mitad del recorrido del viaje de 50 kms. Tiramos papeles de colores y y pegamos carteles de “este es mi último viaje” Lo acompañamos hasta la terminal, donde otros compañeros lo esperaban con serpentinas, pitos y matracas.
Luego, en la comida, le hicimos un saludo especial y después fue todo normal. Ya era uno más en el grupo. Charlamos, comimos, tomamos algo.
Como en todas las comidas, los compañeros cuentan anécdotas, bromean sobre los que no vinieron y sobre los que ya no están.
Digo que cuentan, porque yo, con mi dificultad para hablar, producto del Parkinson, hablo poco, bajito, me como palabras enteras, tartamudeo. Entonces escucho, me rio, paso bárbaro. Y cuando quiero hablar, hacen silencio y tratan de escucharme y entenderme.
En la noche, me di cuenta de que la despedida sorpresa del Vasco, y el silencio de los mismos compañeros para que yo pueda hablar parecen “lo más normal del mundo”, por eso puede ser que no lo valoremos.
Pero no es “lo más normal” La despedida demostró la sensibilidad de un compañero, Diego, por tener la idea sorpresa, la de quienes hicieron la bandera, compraron serpentinas e hicieron los carteles, hacia quien se ganó esa demostración de cariño. No todos lo reciben. No todos lo merecen.
Y tampoco es “lo más normal”, el silencio y respeto por quien tiene la dificultad para hablar, producto de una enfermedad neurodegenerativa. Y en este caso, es independiente de quien sea.
En ambos casos es el mismo grupo, los mismos compañeros.
Y quise reconocerlos, porque esas actitudes son las que nos salvan, las que mantienen las buenas costumbres, la solidaridad con los que llegan a la edad de jubilarse.
El reconocimiento a quienes mantienen el respeto y la no discriminación a quienes padecen una enfermedad que, en este caso, nos dificulta hablar en forma clara y fuerte, pero no nos impide escribir “Gracias por entender” “Gracias por ser como son”
Se jubiló el Vasco (en Uruguay tenemos la costumbre, a veces sana, a veces no, de poner sobrenombres, apodos, a casi todo el mundo.
Loen es transportista, como toda la barra de amigos, y el sábado fue su último día de trabajo. hicimos una parrillada, que en principio iba a ser al mediodía pero como él iba a trabajar, hubo que correrla para la noche.
No vayas, le dijeron algunos. ¿Qué te va a pasar? ¿Te van a suspender? Es tu último día.
Pero el Vasco fue, cumplió. No lo dijo, pero no le importaba el jornal, o la sanción que nunca le hubieran podido aplicar. No faltó por él mismo.
Los compañeros le hicieron una bandera de tela que ataron al frente del ómnibus “Me jubilo” , y de sorpresa, lo esperamos a la mitad del recorrido del viaje de 50 kms. Tiramos papeles de colores y y pegamos carteles de “este es mi último viaje” Lo acompañamos hasta la terminal, donde otros compañeros lo esperaban con serpentinas, pitos y matracas.
Luego, en la comida, le hicimos un saludo especial y después fue todo normal. Ya era uno más en el grupo. Charlamos, comimos, tomamos algo.
Como en todas las comidas, los compañeros cuentan anécdotas, bromean sobre los que no vinieron y sobre los que ya no están.
Digo que cuentan, porque yo, con mi dificultad para hablar, producto del Parkinson, hablo poco, bajito, me como palabras enteras, tartamudeo. Entonces escucho, me rio, paso bárbaro. Y cuando quiero hablar, hacen silencio y tratan de escucharme y entenderme.
En la noche, me di cuenta de que la despedida sorpresa del Vasco, y el silencio de los mismos compañeros para que yo pueda hablar parecen “lo más normal del mundo”, por eso puede ser que no lo valoremos.
Pero no es “lo más normal” La despedida demostró la sensibilidad de un compañero, Diego, por tener la idea sorpresa, la de quienes hicieron la bandera, compraron serpentinas e hicieron los carteles, hacia quien se ganó esa demostración de cariño. No todos lo reciben. No todos lo merecen.
Y tampoco es “lo más normal”, el silencio y respeto por quien tiene la dificultad para hablar, producto de una enfermedad neurodegenerativa. Y en este caso, es independiente de quien sea.
En ambos casos es el mismo grupo, los mismos compañeros.
Y quise reconocerlos, porque esas actitudes son las que nos salvan, las que mantienen las buenas costumbres, la solidaridad con los que llegan a la edad de jubilarse.
El reconocimiento a quienes mantienen el respeto y la no discriminación a quienes padecen una enfermedad que, en este caso, nos dificulta hablar en forma clara y fuerte, pero no nos impide escribir “Gracias por entender” “Gracias por ser como son”
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