Lo que no se ve es que a veces me escondo. Me escondo detrás de una sonrisa ensayada frente al espejo, detrás de una frase que provoca risas, detrás de un " estoy bien" que no siempre es verdad. No se ve que quiero parecer fuerte, no quiero que me sientan frágil. Porque quiero seguir cuidando y sosteniendo.
Quiero que mi compañero de vida siga sintiendo que soy su compañera de lucha. Que mi hija me vea como su valiente madre y amiga. Que mi hijo siga sintiendo ese ese orgullo callado que me grita cada vez que me ve.
Porque también quiero ser útil y amorosa con los peques de la familia.
Cuando veo la sonrisa de mi chiquitín cada vez que lo miro y siento que el mundo se ha detenido en un instante de luz. Cada vez que mi nieto mayor me abraza con esa mirada de ternura y valentía , me hace recordar que el amor también se hereda. Cada vez que mi pequeña me acaricia antes de dormir y confía en mis brazos que aunque lentos la sostienen, cuidar no sólo es ser fuerte es dar y recibir.
No quiero ser motivo de preocupación. No quiero que el Párkinson ocupe más espacio del que merece.
También estoy aprendiendo a cuidarme y no dejar por eso de cuidar a los demás. Que ser compasiva conmigo no me quita ganas, me las devuelve. Que puedo permitirme llorar sin perder la dignidad. Que puedo sonreír con mi grupo de apoyo, inventando juegos absurdos que nos hacen reír, eso también es resistencia, sigo creando actividades para que ninguno nos sintamos solos, para que este intruso no nos robe la alegría.
Lo que no se ve es que también estoy aprendiendo a cuidarme sin sentir culpa por ello puedo hablarme con ternura, como lo hago con mi hija cuando está cansada, a decir que necesito ayuda, porque detrás de cada gesto hay una mujer con Párkinson sí, pero hay también una mujer que ama, que lucha cada día y que se abraza sin condiciones. Porque el amor hace que todo esto merezca ser contado.
Quiero que mi compañero de vida siga sintiendo que soy su compañera de lucha. Que mi hija me vea como su valiente madre y amiga. Que mi hijo siga sintiendo ese ese orgullo callado que me grita cada vez que me ve.
Porque también quiero ser útil y amorosa con los peques de la familia.
Cuando veo la sonrisa de mi chiquitín cada vez que lo miro y siento que el mundo se ha detenido en un instante de luz. Cada vez que mi nieto mayor me abraza con esa mirada de ternura y valentía , me hace recordar que el amor también se hereda. Cada vez que mi pequeña me acaricia antes de dormir y confía en mis brazos que aunque lentos la sostienen, cuidar no sólo es ser fuerte es dar y recibir.
No quiero ser motivo de preocupación. No quiero que el Párkinson ocupe más espacio del que merece.
También estoy aprendiendo a cuidarme y no dejar por eso de cuidar a los demás. Que ser compasiva conmigo no me quita ganas, me las devuelve. Que puedo permitirme llorar sin perder la dignidad. Que puedo sonreír con mi grupo de apoyo, inventando juegos absurdos que nos hacen reír, eso también es resistencia, sigo creando actividades para que ninguno nos sintamos solos, para que este intruso no nos robe la alegría.
Lo que no se ve es que también estoy aprendiendo a cuidarme sin sentir culpa por ello puedo hablarme con ternura, como lo hago con mi hija cuando está cansada, a decir que necesito ayuda, porque detrás de cada gesto hay una mujer con Párkinson sí, pero hay también una mujer que ama, que lucha cada día y que se abraza sin condiciones. Porque el amor hace que todo esto merezca ser contado.
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