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Martina prada

Maripopis con la maleta hecha

Durante mucho tiempo, como paciente con Parkinson, pensé que cambiar de opinión, dudar o reajustar planes era culpa de la enfermedad.
Luego entendí algo liberador: esto también pasa en la vida normal.
A personas sanas. A diario. Y no pasa nada.

La vida se mueve, los planes cambian, y no todo es síntoma neurológico ni emoción patológica, aunque a veces se use esa etiqueta para quedarse tranquilo.

Como decía Heráclito: “Nada es permanente excepto el cambio”.

Lo escribo porque mi amígdala tiene buena memoria.
Si no lo nombro, no se regula.
Si lo pongo en palabras, el cerebro baja el volumen y el cuerpo respira.

Y como buena maripopis, no me quedo con la maleta cerrada.
La dejo abierta.
Vuelvo a volar.
Con el ritmo que tenga hoy.
Con la compañía que esté… o solo conmigo misma, que también es un buen viaje.

Porque a veces no se trata de a dónde vas,
sino de no dejar de moverte.

Porque moverse significa estar vivo.
Y eso es estar vivo y feliz que sea así.
Y a otra cosa, mariposa. Andando.

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