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Conoce el parkinson

Mucho antes del temblor: lo que quizá no sabes del párkinson (y lo que sí puedes hacer)

Mucho antes del temblor: lo que quizá no sabes del párkinson (y lo que sí puedes hacer)

Antes de que el diagnóstico llegue, muchas personas ya han experimentado señales invisibles: dificultad para dormir, estreñimiento crónico, pérdida de olfato o incluso un ánimo más bajo de lo habitual. La Dra. Araceli Alonso Cánovas, neuróloga de la Unidad de Trastornos del Movimiento del Hospital Ramón y Cajal, lo explica así: “Es muy frecuente que, años antes del diagnóstico, haya síntomas que se van larvando. El estreñimiento, la pérdida de olfato o los trastornos del sueño pueden aparecer mucho antes que los motores.”


Esta fase premotora nos recuerda que el párkinson no es solo un trastorno del movimiento: es una enfermedad, influida por muchos factores y, en gran parte, todavía desconocida.


 


¿Y si el párkinson empieza… en el intestino?


Una de las hipótesis más interesantes sugiere que, en algunos casos, la enfermedad podría originarse en el sistema digestivo y ascender al cerebro a través del nervio vago. Esto explicaría por qué tantos pacientes presentan síntomas como estreñimiento mucho antes de notar cualquier temblor.


Aunque aún no hay certezas absolutas, cada vez hay más estudios que apuntan a un posible origen intestinal. “Se considera que el párkinson podría empezar en el intestino en algunos casos, y en la corteza cerebral en otros”, comenta Alonso. En esa línea, la microbiota intestinal —esos billones de microorganismos que viven en nuestro intestino— ha ganado protagonismo.


Una flora intestinal alterada no provoca por sí sola la enfermedad, pero puede amplificar muchos de sus efectos. “La microbiota es como un espejo: refleja el estado general del cuerpo. Una flora saludable puede respetar mejor la medicación y mejorar incluso la respuesta inmunológica”, añade la neuróloga.


 


Pesticidas, contaminación y estilo de vida: ¿qué está pasando?


Según la Dra. Alonso, factores ambientales como los pesticidas, disolventes y la contaminación del aire pueden estar detrás del preocupante aumento de casos de párkinson.


“En países con menor regulación ambiental hay más párkinson. Holanda, por ejemplo, que prohibió los pesticidas en los años 80, es el único país donde la incidencia está bajando.”


Entre los factores de riesgo más importantes, los pesticidas, disolventes industriales y la contaminación ambiental destacan con claridad. “Hay evidencia sólida que relaciona estas exposiciones con más riesgo de desarrollar párkinson e incluso con una progresión más rápida de la enfermedad”, señala.


¿Y qué se puede hacer? Aunque parte del problema requiere acciones políticas y regulación, hay cambios cotidianos que también suman: lavar bien frutas y verduras, reducir el consumo de productos animales procedentes de ganadería industrial, apostar por dietas basadas en plantas o ecológicas siempre que sea posible.


Pero no todo depende de lo que respiramos. También influye cómo vivimos:



  • El sedentarismo previo al diagnóstico es común.

  • La dieta pobre en fibra y vegetales favorece el estreñimiento.

  • Los alimentos ultraprocesados se han asociado a mayor riesgo de desarrollar párkinson y a una progresión más rápida de la enfermedad.


 


Dormir bien también es medicina


El sueño es uno de los grandes olvidados, pero también uno de los pilares de la salud cerebral. Según la Dra. Alonso: “Dormir poco o mal puede aumentar la vulnerabilidad del sistema nervioso. El sueño REM del final de la noche es crucial: ahí es donde el cerebro se limpia. Si lo perdemos, perdemos esa limpieza.”


 


¿Y qué pasa con los suplementos?


Vitaminas, omega-3, probióticos… A menudo se recurre a ellos como solución rápida. Pero, como aclara la neuróloga: “Nuestro cuerpo extrae mucho mejor los nutrientes de los alimentos reales. Los suplementos no sustituyen una dieta adecuada.” 


La clave está en el conjunto: comer bien, moverse, descansar, manejar el estrés. Todo suma. Y todo tiene impacto.


 


El poder del autocuidado


El tratamiento farmacológico es fundamental, pero no lo es todo. La Dra. Alonso insiste en que el papel del paciente es activo, no pasivo: “La medicación parte del tratamiento mejora muchos síntomas, pero no lo soluciona todo. Tú eres tu propio médico los 365 días del año.”


Este cambio de paradigma también toca a los profesionales. “Los médicos hemos contribuido muchas veces a una medicina paternalista, como si lo supiéramos todo”, admite Alonso. Sin embargo, apuesta por un rol más cercano y horizontal. “Nuestro papel es también ser ese Pepito Grillo que recuerda, que motiva, que explica. Las decisiones del día a día las toma el paciente”.


Y muchas veces, lo que más impacta no es subir la dosis de un fármaco, sino preguntar cómo es un día normal en la vida del paciente y detectar qué cosas se podrían mejorar.


Aunque la investigación sigue avanzando, Araceli Alonso no cree que la solución pase por una cura milagrosa. En cambio, la clave podría estar en la acción colectiva y la prevención. “Ojalá haya más presión social para regular lo que realmente impacta en nuestra salud: desde el aire que respiramos hasta lo que comemos. Si el entorno mejora y nosotros también cuidamos lo que sí podemos controlar, el párkinson podría llegar menos, más tarde y más leve”.


La enfermedad de Parkinson no tiene una única cara ni un único camino. Pero lo que sí está claro es que hay muchas cosas que pueden marcar la diferencia. Y muchas de ellas están, al menos en parte, en nuestras manos.


 


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