Tenía treinta y pocos años cuando empezaron los síntomas, pero no daban con lo que tenía. Cuando por fin lo supe, años después, esa noticia me cambió para siempre. Los primeros años me quería morir; tuve que ir mucho tiempo al psicólogo. Pero bendita medicina: me empezó a funcionar y volví a estar casi normal.
Muchos años después, con altos y bajos, cambios en las dosis e introducción de nuevos medicamentos, sigo manteniéndome en unas condiciones medianamente llevaderas, aunque mi cuerpo se resiente poco a poco.
Todo el mundo habla de lo importante que es hacer ejercicio para retrasar el deterioro. Estoy de acuerdo: el ejercicio es muy importante. Pero yo, por mis vivencias, creo que una mente en orden es vital.
Si tus pensamientos van mal, tu Parkinson va peor. Si te aferras al dolor, al miedo, a la tristeza, a la ira que te produce estar así, estás peor. Si estás triste, estás peor. Si tienes estrés, estás peor. Cualquier impacto emocional te va a afectar en tus síntomas. Asumir lo que tienes no es fácil. Vivir con ello no se lo deseo a nadie. Pero hay un momento en que tienes que elegir. Y aunque tengo mis momentos —y ahora mismo estoy en uno— me niego a dejarme arrastrar por mi enfermedad. Quiero luchar por estar lo mejor posible y vivir intensamente todos aquellos momentos en los que pueda disfrutar de pequeñas cosas.
Hoy, buscando por internet “ayudas” o herramientas para salir de mi estado emocional, encontré un vídeo sobre algo que jamás me ha interesado: el pensamiento budista. Probablemente no lo habría escuchado nunca si no fuera porque, en ese momento, necesitaba alguna salida.
El narrador me enganchó por su cálida voz y, para mi sorpresa, lo que contaba tenía mucho sentido común. Me pareció interesante y por eso lo comparto aquí.
Es una realidad que la mente es poderosa y que el pensamiento es un arma de doble filo, según cómo lo utilices. Copio algunos fragmentos que extraje del vídeo y que me parecieron muy buenos. Son obvios, pero reveladores, al menos para mí. El vídeo decía así:
“Tu cuerpo lleva sanándose solo toda tu vida y tú probablemente nunca le has prestado atención cuando lo hace.
Cuando te cortas un dedo, no tienes que pensar en cómo cerrar la herida: el cuerpo lo hace.
Cuando contraes un virus, no tienes que darle instrucciones al sistema inmunológico: sabe qué hacer.
Cuando te rompes un hueso, los médicos lo colocan, pero quien lo solda eres tú desde dentro.
El cuerpo humano es la máquina de autocuración más sofisticada que existe, y la ciencia moderna lo confirma cada año con más contundencia.
Esa capacidad de autocuración no es fija: se activa o se bloquea dependiendo del estado de la mente.”
El estrés:
“Una mente en estado de miedo crónico, de estrés sostenido, de rencor acumulado o de pensamiento negativo constante produce en el cuerpo un entorno que dificulta la curación.
Los niveles de cortisol se disparan, la inflamación aumenta, el sistema inmunológico se desregula.
El cuerpo, literalmente, no puede sanar bien cuando la mente está en guerra.
Y una mente en calma, en gratitud, en presencia, en soltar lo que no se puede controlar, produce exactamente lo contrario: un entorno interior donde el cuerpo puede hacer lo que sabe hacer de forma natural.
El sufrimiento mental genera sufrimiento físico. La mente enferma enferma el cuerpo. La primera medicina es la paz interior.”
“Pasar tiempo en contacto con la naturaleza, con personas que te nutren, con contenido que te inspira en lugar de asustarte, con silencio, con belleza, tiene un efecto medible en el sistema inmunológico, en la producción de serotonina y en la capacidad del cuerpo para regenerarse.
No te curará, pero estarás mejor, o al menos no estarás peor.
El cuerpo tiene una geografía emocional, y esas zonas de tensión crónica muchas veces corresponden a emociones que nunca se expresaron, a miedos que nunca se miraron de frente, a duelos que nunca se terminaron de vivir.”
Al final, estas palabras parecen haberme calmado un poco. Y las comparto por si a alguien más le pueden servir.
Me quedo con estas palabras de Dune:
“No debo tener miedo. El miedo mata la mente. El miedo es la pequeña muerte que conduce a la destrucción total. Afrontaré mi miedo. Permitiré que pase sobre mí y a través de mí. Y cuando haya pasado, giraré mi ojo interior para escrutar su camino.
Allá donde haya pasado el miedo ya no habrá nada. Solo estaré yo.”
Muchos años después, con altos y bajos, cambios en las dosis e introducción de nuevos medicamentos, sigo manteniéndome en unas condiciones medianamente llevaderas, aunque mi cuerpo se resiente poco a poco.
Todo el mundo habla de lo importante que es hacer ejercicio para retrasar el deterioro. Estoy de acuerdo: el ejercicio es muy importante. Pero yo, por mis vivencias, creo que una mente en orden es vital.
Si tus pensamientos van mal, tu Parkinson va peor. Si te aferras al dolor, al miedo, a la tristeza, a la ira que te produce estar así, estás peor. Si estás triste, estás peor. Si tienes estrés, estás peor. Cualquier impacto emocional te va a afectar en tus síntomas. Asumir lo que tienes no es fácil. Vivir con ello no se lo deseo a nadie. Pero hay un momento en que tienes que elegir. Y aunque tengo mis momentos —y ahora mismo estoy en uno— me niego a dejarme arrastrar por mi enfermedad. Quiero luchar por estar lo mejor posible y vivir intensamente todos aquellos momentos en los que pueda disfrutar de pequeñas cosas.
Hoy, buscando por internet “ayudas” o herramientas para salir de mi estado emocional, encontré un vídeo sobre algo que jamás me ha interesado: el pensamiento budista. Probablemente no lo habría escuchado nunca si no fuera porque, en ese momento, necesitaba alguna salida.
El narrador me enganchó por su cálida voz y, para mi sorpresa, lo que contaba tenía mucho sentido común. Me pareció interesante y por eso lo comparto aquí.
Es una realidad que la mente es poderosa y que el pensamiento es un arma de doble filo, según cómo lo utilices. Copio algunos fragmentos que extraje del vídeo y que me parecieron muy buenos. Son obvios, pero reveladores, al menos para mí. El vídeo decía así:
“Tu cuerpo lleva sanándose solo toda tu vida y tú probablemente nunca le has prestado atención cuando lo hace.
Cuando te cortas un dedo, no tienes que pensar en cómo cerrar la herida: el cuerpo lo hace.
Cuando contraes un virus, no tienes que darle instrucciones al sistema inmunológico: sabe qué hacer.
Cuando te rompes un hueso, los médicos lo colocan, pero quien lo solda eres tú desde dentro.
El cuerpo humano es la máquina de autocuración más sofisticada que existe, y la ciencia moderna lo confirma cada año con más contundencia.
Esa capacidad de autocuración no es fija: se activa o se bloquea dependiendo del estado de la mente.”
El estrés:
“Una mente en estado de miedo crónico, de estrés sostenido, de rencor acumulado o de pensamiento negativo constante produce en el cuerpo un entorno que dificulta la curación.
Los niveles de cortisol se disparan, la inflamación aumenta, el sistema inmunológico se desregula.
El cuerpo, literalmente, no puede sanar bien cuando la mente está en guerra.
Y una mente en calma, en gratitud, en presencia, en soltar lo que no se puede controlar, produce exactamente lo contrario: un entorno interior donde el cuerpo puede hacer lo que sabe hacer de forma natural.
El sufrimiento mental genera sufrimiento físico. La mente enferma enferma el cuerpo. La primera medicina es la paz interior.”
“Pasar tiempo en contacto con la naturaleza, con personas que te nutren, con contenido que te inspira en lugar de asustarte, con silencio, con belleza, tiene un efecto medible en el sistema inmunológico, en la producción de serotonina y en la capacidad del cuerpo para regenerarse.
No te curará, pero estarás mejor, o al menos no estarás peor.
El cuerpo tiene una geografía emocional, y esas zonas de tensión crónica muchas veces corresponden a emociones que nunca se expresaron, a miedos que nunca se miraron de frente, a duelos que nunca se terminaron de vivir.”
Al final, estas palabras parecen haberme calmado un poco. Y las comparto por si a alguien más le pueden servir.
Me quedo con estas palabras de Dune:
“No debo tener miedo. El miedo mata la mente. El miedo es la pequeña muerte que conduce a la destrucción total. Afrontaré mi miedo. Permitiré que pase sobre mí y a través de mí. Y cuando haya pasado, giraré mi ojo interior para escrutar su camino.
Allá donde haya pasado el miedo ya no habrá nada. Solo estaré yo.”
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