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Dolly Nacci Borrelli

Nunca un domingo será igual ...!

Recuerdo cuando era niña, vivía en Caracas, Venezuela, y todos los domingos almorzábamos en casa de mi nonna. Iba tooodaaa la familia: tíos, primos, compadres… Y mi nonna siempre cocinaba. Podía ser una buena pasta al ragú, un pasticho —como le decimos nosotros— o unos gnoquis fatti in casa. Siempre acompañados de ese ingrediente que nunca aparecía en ninguna receta: mucho amor.

Cocinar era su manera particular de decirnos cuánto nos quería.

Después del gran almuerzo, cuando ya la tarde empezaba a caer, llegaba la hora de partir. Cada uno tenía que volver a su casa y era justo en ese momento cuando a mí me invadía una especie de melancolía. No quería que terminara. No quería que ese día se acabara. Me parecía injusto que algo tan bonito tuviera que terminar solo porque el reloj decía que era domingo por la tarde.

Con los años, esos domingos se trasladaron a casa de mi mamá. La familia había crecido, se habían unido los amigos, más familia, compadres, vecinos… Podíamos llegar a ser fácilmente veinte personas.

La nonna seguía cocinando. Mi nonno había fallecido y ella se había venido a vivir con nosotros: mis tres hermanas, mi papá, mi mamá, yo y, por supuesto, nuestra inseparable Zulay, que nos cuidó durante tantos años y que también terminó siendo parte de esa familia que se construye con el corazón.
Para mí, los domingos eran el día más esperado de la semana y, al mismo tiempo, el que menos me gustaba.

Qué contradicción tan bonita.

Lo esperaba con ilusión porque sabía que volveríamos a estar todos juntos, pero lo temía porque, inevitablemente, llegaría la hora de despedirnos y habría que esperar otros siete días para volver a encontrarnos.

Y esos domingos estaban llenos de vida.

Historias que se cruzaban unas con otras, chistes que solo nosotros entendíamos, risas que podían escucharse desde cualquier rincón de la casa, música, cantos, baile… conversaciones simultáneas donde nadie escuchaba del todo a nadie y, sin embargo, todos nos sentíamos escuchados.

Había ruido, había desorden, había gente, había comida, había olor a albahaca fresca, a salsa di pomodoro, había platos que pasaban de una mano a otra, copas que se llenaban, sobremesas interminables y niños corriendo por la casa.

Pero, sobre todo, había hogar. Así fue hasta el 2015.

Después, de una manera u otra, la vida nos fue llevando por caminos diferentes. La situación de Venezuela —que todavía duele y que tantos hemos tenido que vivir desde lejos— hizo que poco a poco comenzáramos a salir del país.

Y un día, casi sin darnos cuenta, aquellos domingos dejaron de existir como los conocíamos. Ya no estábamos todos alrededor de una misma mesa. Ya no estaban todas aquellas voces mezclándose en una misma habitación. Ya no estaba la nonna preparando la pasta, ya no estaba mi papá. Ya no estaba aquella casa llena. Y quizás por eso sigo añorando tanto los domingos. Porque cuando pienso en ellos no pienso solamente en un día de la semana. Pienso en una época de mi vida en la que todavía creía que algunas cosas serían para siempre. Pienso en mi Caracas, en mi familia, en mi nonna, en mi infancia. Pienso en el olor de la albahaca fresca, en el ragú cocinándose lentamente, en el pasticho saliendo del horno, en los gnoquis hechos a mano.

Pienso en el calor de un hogar, en la algarabía, en las conversaciones al mismo tiempo, en las risas, en la música, en los abrazos.

En esa sensación maravillosa de saber que, aunque el mundo pudiera estar esperándonos afuera, por unas horas estábamos exactamente donde teníamos que estar. Hoy muchos estamos lejos. Algunos ya no están. Otros viven en lugares distintos. La vida cambió, nosotros cambiamos y aquella mesa quedó convertida en un recuerdo. Pero hay algo que descubrí con los años: hay lugares a los que uno nunca vuelve físicamente, pero a los que puede regresar toda la vida con la memoria. Y yo vuelvo muchas veces a aquellos domingos. A veces cierro los ojos y todavía puedo escuchar el murmullo de todos hablando a la vez. Todavía puedo imaginar a mi nonna en la cocina. Todavía puedo sentir aquel olor a albahaca. Y, por un instante, vuelvo a ser aquella niña que no quería que se acabara el domingo.

Quizás por eso todavía me cuesta despedirme de ellos. Porque en el fondo no extraño los domingos. Extraño a la familia reunida. Extraño esa versión de nosotros que todavía cabía alrededor de una misma mesa. Y quizá esa sea una de las cosas más hermosas que nos deja la vida: entender, muchos años después, que aquellos momentos que entonces parecían tan cotidianos eran, en realidad, nuestros pequeños pedazos de eternidad.

Y aunque la vida haya dispersado aquella mesa, yo sigo llevando dentro de mí un domingo de Caracas.

Uno que no termina.

Uno en el que todavía estamos todos.

Uno en el que mi nonna sigue cocinando.

Y yo sigo esperando, como aquella niña, que nadie diga:

“Bueno… ya es hora de irnos.”

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