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Carmen Breijo García

"Parkinson: lo que no se ve también duele (y también necesita ser tratado)".

Hay una parte del Parkinson que muchas veces no se nota a simple vista.



No tiembla.

No se mide con la misma facilidad.

No siempre aparece en una consulta de pocos minutos.

Pero está ahí.



Es la carga emocional de convivir con una enfermedad que cambia ritmos, planes, rutinas, relaciones y, en muchos momentos, también la forma en que una persona se mira a sí misma.



Por eso hoy quiero hablar de algo esencial: la salud mental en el Parkinson. No como un “añadido”, no como algo secundario, no como un tema que se aborda solo si “queda tiempo”. Hablo de ella como lo que realmente es: una parte central del afrontamiento de la enfermedad, de la aceptación y de la adaptación.



Porque una persona con Parkinson no solo afronta síntomas motores. Afronta incertidumbre. Afronta pérdidas pequeñas y grandes. Afronta cambios en su autonomía, en su energía, en su autoestima, en su vida social, en su identidad. Afronta días buenos y días muy difíciles. Y todo eso tiene un impacto psicológico real.



Y aquí hay algo importante que quiero decir con claridad, con seriedad y con mucho respeto: sentirse desbordado no significa ser débil. Llorar, tener miedo, enfadarse, sentirse triste, frustrado o agotado emocionalmente no significa “no estar afrontando bien”. Significa que se está viviendo algo complejo, exigente y profundamente humano.



Lo emocional no es “menos importante” que lo físico.



Durante mucho tiempo, en muchas enfermedades neurológicas, el foco se puso casi exclusivamente en lo visible: el movimiento, la marcha, la rigidez, los síntomas que se observan desde fuera. Sin embargo, tanto la experiencia clínica como la investigación han mostrado algo que hoy ya no deberíamos minimizar: la ansiedad y la depresión son frecuentes en personas con Parkinson y tienen un impacto enorme en la calidad de vida.



A veces incluso más que algunos síntomas motores.



Esto cambia por completo la forma de entender el tratamiento. Porque si una persona tiene más miedo, más desesperanza, más aislamiento, más pensamientos catastróficos o más apatía, su sufrimiento aumenta, su día a día se hace más cuesta arriba y su capacidad para sostener rutinas, pedir ayuda, adherirse a tratamientos o disfrutar de lo que antes le hacía bien puede verse muy afectada.



Dicho de una manera muy simple:

cuando la salud mental se deteriora, la enfermedad pesa más.

Y cuando la salud mental se cuida, la persona recupera recursos internos para atravesar mejor lo que le toca vivir.



Aceptar no es rendirse.



Una de las heridas más profundas que deja el Parkinson, en muchos casos, no es solo el síntoma en sí, sino la pelea interna constante con la idea de “esto no debería estar pasándome”. Esa lucha es comprensible. Es humana. Pero cuando se prolonga sin acompañamiento, puede convertirse en una fuente de sufrimiento añadido.



Por eso, en terapia, una palabra importante es aceptación. Y sé que esta palabra a veces duele o genera rechazo, porque se confunde con resignación. Pero no son lo mismo.



Resignarse es bajar los brazos.

Aceptar es mirar de frente una realidad difícil para empezar a responder a ella con conciencia, dignidad y recursos.



Aceptar no significa estar de acuerdo con la enfermedad.

No significa que “ya da igual todo”.

No significa perder la esperanza.



Significa dejar de gastar toda la energía en negar lo que está ocurriendo, para poder invertirla en algo mucho más valioso: aprender a vivir de la mejor manera posible con lo que sí está ocurriendo.



Aceptar es poder decir:

“Esto es difícil. Me duele. Me cambia la vida. Pero necesito cuidarme, acompañarme y buscar herramientas para seguir adelante”.



Y ese paso, aunque no siempre se vea desde fuera, es inmenso.



Después de la aceptación llega otro proceso igual de importante: la adaptación.



Adaptarse no es convertirse en otra persona ni renunciar a quién se es. Adaptarse es reorganizar la vida con flexibilidad. Es revisar expectativas. Es ajustar ritmos. Es aprender a pedir ayuda sin sentir que eso borra la propia valía. Es descubrir nuevas maneras de hacer lo que antes se hacía de otra forma.



A veces la adaptación implica cambios concretos: rutinas más cuidadas, descansos, apoyo familiar, estrategias para reducir el estrés, nuevas formas de participar socialmente. Otras veces implica un trabajo más profundo: reconstruir la autoestima cuando la persona siente que “ya no soy quien era”, sostener el vínculo de pareja, elaborar el miedo al futuro, recuperar espacios de placer y sentido.



Y aquí quiero detenerme en algo muy importante: adaptarse no es hacerlo todo perfecto. No existe una forma ideal de vivir el Parkinson. Hay días de avance y días de retroceso. Hay momentos de fortaleza y otros de mucha vulnerabilidad. La adaptación real no es lineal; es un proceso vivo, humano, con altibajos.



Lo importante no es “no caer”. Lo importante es no quedarse solo/a cuando caer duele.



Lo que dicen los estudios (y por qué esto importa de verdad).



No estamos hablando solo desde la sensibilidad o la intuición clínica. La investigación científica ha ido confirmando, de forma consistente, que la salud mental en el Parkinson merece atención específica.



Los estudios muestran que los síntomas emocionales —especialmente ansiedad y depresión— son frecuentes y están asociados con peor calidad de vida. También se ha visto que la forma de afrontar la enfermedad influye en cómo se vive: cuando predominan estrategias de evitación, aislamiento o desesperanza, el malestar suele aumentar; cuando se fortalecen recursos de afrontamiento, regulación emocional y apoyo, la persona suele experimentar mayor bienestar y mejor adaptación.



Además, la terapia psicológica, especialmente la terapia cognitivo-conductual (TCC), cuenta con respaldo en revisiones sistemáticas y metaanálisis recientes para reducir síntomas de ansiedad y depresión en personas con Parkinson. Esto es relevante porque no hablamos de opiniones aisladas, sino de evidencia que integra resultados de múltiples estudios, incluyendo ensayos clínicos controlados.



¿Significa esto que la terapia “cura” el Parkinson? No. Y es importante decirlo con honestidad.

Pero sí significa algo muy valioso: la terapia puede ayudar de forma real y medible a sufrir menos, comprender mejor lo que pasa, afrontar con más recursos y recuperar calidad de vida.



Y eso, en una enfermedad crónica, no es poco.

Eso es muchísimo.



La utilidad de la terapia: cuando poner palabras también es tratamiento



Hay personas que llegan a terapia poco después del diagnóstico. Otras llegan años más tarde, cuando sienten que ya no pueden sostener solas lo que viven. Algunas llegan por tristeza. Otras por ansiedad. Otras porque dicen algo como: “No sé qué me pasa, pero ya no soy yo”. Todas esas razones son válidas.



La terapia psicológica en Parkinson puede ser un espacio para:



-dar nombre a lo que se siente sin ser juzgado/a,



-entender que muchas reacciones emocionales son esperables,



-trabajar la ansiedad (anticipación, miedo, hipervigilancia, preocupación constante),



-abordar la depresión (desánimo, culpa, pérdida de interés, desesperanza),



-manejar pensamientos catastróficos (“voy a empeorar y no podré con nada”),



-reducir el aislamiento y recuperar vínculos,



-fortalecer la autoestima cuando la enfermedad ha golpeado la identidad,



-aprender estrategias de regulación emocional,



-acompañar procesos de aceptación y duelo por cambios reales,



-cuidar la relación de pareja y familiar,



-y, sobre todo, sostener una vida con sentido aunque haya límites.



A veces la terapia ayuda a “bajar ruido” interno.

A veces ayuda a llorar lo que nunca se pudo llorar.

A veces ayuda a volver a respirar con menos miedo.

A veces ayuda a que una persona se trate con la compasión que le ofrece a todo el mundo, menos a sí misma.



Y sí: todo eso también forma parte del tratamiento.



Si vives con Parkinson y últimamente te sientes más triste, más irritable, más apagado/a, más ansioso/a, con miedo constante, con menos ganas de salir, con sensación de carga, con pensamientos oscuros o con la impresión de que “nadie entiende lo que me pasa”, quiero que sepas algo:



No estás exagerando. No estás fallando. No estás solo/a.



Pedir ayuda psicológica no significa que la enfermedad “te ha vencido”. Significa que te estás cuidando de forma integral. Significa que estás reconociendo que el dolor emocional también merece atención. Significa que estás haciendo algo valiente.



Y la valentía, muchas veces, no se ve en grandes gestos.

Se ve en decisiones pequeñas y profundas, como decir:

“Necesito apoyo”.



Acompañantes y "cuidadores": vuestra salud mental también importa.



En muchas casas, el Parkinson lo vive una persona, pero lo atraviesa toda la familia. Parejas, hijos/as, hermanos/as, cuidadores… todos se reorganizan. Todos sienten. Todos se cansan. Todos intentan sostener.



Y muchas veces, quienes cuidan se olvidan de sí mismos.



Por eso también es necesario decirlo: el cuidador o familiar no tiene que ser una máquina de fortaleza. El agotamiento emocional existe. La culpa existe. La frustración existe. El miedo existe. Y pedir ayuda no es egoísmo: es prevención, cuidado y responsabilidad afectiva.



Cuando una familia recibe orientación psicológica, no solo mejora el bienestar individual; también puede mejorar la comunicación, disminuir los conflictos, entender mejor ciertas reacciones emocionales y crear una red de apoyo más saludable.



Cuidar al que cuida es cuidar a la persona con Parkinson.

Y cuidar la salud mental de todos es cuidar la convivencia, la dignidad y el vínculo.



Hablar de salud mental en Parkinson no es “ponerle azúcar” a una realidad difícil. Tampoco es negar el dolor ni romantizar el esfuerzo. Es, justamente, lo contrario: tomar en serio todo lo que esta enfermedad implica.



Sí, el Parkinson cambia cosas.

Sí, hay pérdidas.

Sí, hay miedo.

Sí, hay días muy duros.



Pero también es verdad que, con acompañamiento adecuado, con apoyo psicológico, con tratamiento integral y con una red que sostenga, muchas personas encuentran nuevas formas de equilibrio, de vínculo, de sentido y de vida.



No se trata de volver a ser quien se era antes.

A veces se trata de algo más profundo: aprender a ser, con dignidad y cuidado, quien se es ahora.



Y en ese camino, la salud mental no es un lujo.

No es una opción secundaria.

No es “si sobra tiempo”.



Es una necesidad clínica, humana y emocional.

Es parte del tratamiento.

Es parte de la esperanza.



REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS.



Alnajjar AZ, et al. (2024). Efficacy of cognitive behavioral therapy for anxiety and depression in Parkinson's disease patients: an updated systematic review and meta-analysis. Neurological Sciences.




Wu X, et al. (2024). Cognitive behavioral therapy approaches to the improvement of mental health in Parkinson's disease patients: a systematic review and meta-analysis. Frontiers in Aging Neuroscience.


Parkinson’s Foundation. Depression (Non-Movement Symptoms).

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