La soledad no deseada es una realidad que forma parte de muchas trayectorias vitales y que tiene efectos relevantes en el bienestar y la salud. Una primera cuestión clave es diferenciar la soledad del aislamiento social. Mientras que el aislamiento hace referencia a la falta objetiva de contactos sociales, la soledad no deseada tiene que ver con una vivencia subjetiva. El Observatorio Estatal de la Soledad no deseada la define como “la experiencia personal negativa en la que un individuo tiene la necesidad de comunicarse con otros y percibe carencias en sus relaciones sociales, bien sea porque tiene menos relación de la que le gustaría o porque las relaciones que tiene no le ofrecen el apoyo emocional que desea” (Observatorio Estatal de la Soledad No Deseada).
En esta misma línea, Alberdi (2021) recuerda que “se puede estar solo y sentirse acompañado y también estar acompañado y sentirse solo”. La soledad, por tanto, no se define únicamente por la cantidad de relaciones, sino por cómo se experimentan.
Ahora bien, que la soledad sea una experiencia subjetiva no implica que tenga un origen individual. Desde una perspectiva social, la soledad no deseada aparece estrechamente vinculada a las condiciones psicosociales. Algunos estudios muestran cómo determinadas situaciones vitales pueden estar asociadas a una mayor exposición a la soledad no deseada. Según el Estudio sobre discapacidad y soledad no deseada en España (2025), el 67,5% de las personas con discapacidad se han sentido solas en algún momento de su vida, frente al 47,6% de las personas sin discapacidad.
En este sentido, se ha señalado que la soledad no deseada puede tener un impacto relevante en la salud y el bienestar, en la medida en que está relacionada con situaciones de estrés psicosocial (Salinas y Ausín, 2021). Al mismo tiempo, esta relación con la salud no puede entenderse al margen de las condiciones en las que se desarrollan las relaciones sociales. Es decir, no se trata únicamente de cómo se siente una persona, sino también de las posibles barreras de participación y de las oportunidades reales que tiene para sostener y generar relaciones, participar en espacios compartidos y formar parte de una comunidad.
Por ello, abordar la soledad no deseada no se limita a acompañar o a promover que las personas participen, sino que implica generar condiciones que hagan posible esa participación (Alberdi, 2021). Desde aquí, pueden plantearse algunas líneas de trabajo y cuestiones a tener en cuenta en las experiencias comunitarias frente a la soledad:
- Espacios de participación activa: Espacios grupales en los que las personas puedan proponer temas, compartir experiencias y formar parte de la construcción del propio espacio. Esto permite pasar de una posición más pasiva a una participación con voz propia.
- Roles significativos dentro de la comunidad: Iniciativas que reconozcan el valor de la experiencia vivida, como el acompañamiento entre iguales o la implicación en diferentes tareas dentro de espacios comunitarios.
- Espacios de encuentro no centrados únicamente en la enfermedad: Actividades culturales, creativas o de intercambio donde la enfermedad no sea el único eje. Esto facilita construir vínculos desde otras dimensiones de la vida y entender la identidad más allá del diagnóstico.
- Formatos accesibles y diversos: Opciones online, híbridas y presenciales, con distintos niveles de implicación y horarios variados. También implica poder identificar qué recursos, espacios o iniciativas existen en el propio barrio o municipio, favoreciendo vínculos cotidianos desde la cercanía, cuando las condiciones lo permiten.
- Procesos de intercambio e incidencia: Espacios en los que las personas puedan opinar, proponer cambios o participar en iniciativas más amplias, como acciones de sensibilización o incidencia.
- Cuidar las condiciones de participación: Atender a los ritmos, los tiempos y las diferentes formas de estar. Facilitar la entrada y salida sin penalización, evitando la exigencia constante y sin forzar la exposición emocional.
Abordar la soledad no deseada implica, por tanto, prestar atención tanto a las experiencias individuales como a las condiciones que hacen posible (o dificultan) la participación social.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Alberdi, J. R. (2021). Discapacidad y proyecto de vida: Un horizonte denominado soledad. En Moscoso, M. y Ausín, C. (Eds.), Soledades: Una cartografía para nuestro tiempo (pp. 261–291). Plaza y Valdés.
Salinas, V., y Ausín, C. (2021). Soledad y salud: Una reflexión bioética y política. En Moscoso, M. y Ausín, C. (Eds.), Soledades: Una cartografía para nuestro tiempo (pp. 125–169). Plaza y Valdés.
Observatorio Estatal de la Soledad No Deseada. (2025). Estudio sobre discapacidad y soledad no deseada en España. Recuperado de: https://www.soledades.es/estudios/estudio-sobre-discapacidad-y-soledad-no-deseada-en-espana
En esta misma línea, Alberdi (2021) recuerda que “se puede estar solo y sentirse acompañado y también estar acompañado y sentirse solo”. La soledad, por tanto, no se define únicamente por la cantidad de relaciones, sino por cómo se experimentan.
Ahora bien, que la soledad sea una experiencia subjetiva no implica que tenga un origen individual. Desde una perspectiva social, la soledad no deseada aparece estrechamente vinculada a las condiciones psicosociales. Algunos estudios muestran cómo determinadas situaciones vitales pueden estar asociadas a una mayor exposición a la soledad no deseada. Según el Estudio sobre discapacidad y soledad no deseada en España (2025), el 67,5% de las personas con discapacidad se han sentido solas en algún momento de su vida, frente al 47,6% de las personas sin discapacidad.
En este sentido, se ha señalado que la soledad no deseada puede tener un impacto relevante en la salud y el bienestar, en la medida en que está relacionada con situaciones de estrés psicosocial (Salinas y Ausín, 2021). Al mismo tiempo, esta relación con la salud no puede entenderse al margen de las condiciones en las que se desarrollan las relaciones sociales. Es decir, no se trata únicamente de cómo se siente una persona, sino también de las posibles barreras de participación y de las oportunidades reales que tiene para sostener y generar relaciones, participar en espacios compartidos y formar parte de una comunidad.
Por ello, abordar la soledad no deseada no se limita a acompañar o a promover que las personas participen, sino que implica generar condiciones que hagan posible esa participación (Alberdi, 2021). Desde aquí, pueden plantearse algunas líneas de trabajo y cuestiones a tener en cuenta en las experiencias comunitarias frente a la soledad:
- Espacios de participación activa: Espacios grupales en los que las personas puedan proponer temas, compartir experiencias y formar parte de la construcción del propio espacio. Esto permite pasar de una posición más pasiva a una participación con voz propia.
- Roles significativos dentro de la comunidad: Iniciativas que reconozcan el valor de la experiencia vivida, como el acompañamiento entre iguales o la implicación en diferentes tareas dentro de espacios comunitarios.
- Espacios de encuentro no centrados únicamente en la enfermedad: Actividades culturales, creativas o de intercambio donde la enfermedad no sea el único eje. Esto facilita construir vínculos desde otras dimensiones de la vida y entender la identidad más allá del diagnóstico.
- Formatos accesibles y diversos: Opciones online, híbridas y presenciales, con distintos niveles de implicación y horarios variados. También implica poder identificar qué recursos, espacios o iniciativas existen en el propio barrio o municipio, favoreciendo vínculos cotidianos desde la cercanía, cuando las condiciones lo permiten.
- Procesos de intercambio e incidencia: Espacios en los que las personas puedan opinar, proponer cambios o participar en iniciativas más amplias, como acciones de sensibilización o incidencia.
- Cuidar las condiciones de participación: Atender a los ritmos, los tiempos y las diferentes formas de estar. Facilitar la entrada y salida sin penalización, evitando la exigencia constante y sin forzar la exposición emocional.
Abordar la soledad no deseada implica, por tanto, prestar atención tanto a las experiencias individuales como a las condiciones que hacen posible (o dificultan) la participación social.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Alberdi, J. R. (2021). Discapacidad y proyecto de vida: Un horizonte denominado soledad. En Moscoso, M. y Ausín, C. (Eds.), Soledades: Una cartografía para nuestro tiempo (pp. 261–291). Plaza y Valdés.
Salinas, V., y Ausín, C. (2021). Soledad y salud: Una reflexión bioética y política. En Moscoso, M. y Ausín, C. (Eds.), Soledades: Una cartografía para nuestro tiempo (pp. 125–169). Plaza y Valdés.
Observatorio Estatal de la Soledad No Deseada. (2025). Estudio sobre discapacidad y soledad no deseada en España. Recuperado de: https://www.soledades.es/estudios/estudio-sobre-discapacidad-y-soledad-no-deseada-en-espana
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