- Hola Susana.
- Hola Rosa, ¿cómo estás?
- Bien, aquí vengo de la peluquería.
- ¿Te pintaste de verde?
- Sí. ¿Te gusta? – se movió el pelo para que su amiga lo viera mejor.
- No.
- ¿En serio no te gusta?
- No. Es horrible. A tu edad. Verde.
- Pero si soy menor que tu.
- Con ese pelo no se nota.
- Pero si parezco más joven. Y a mí me gusta.
- ¡Por favor! ¿Qué va a decir la gente seria? Toma, tapate. Ponte mi gorro. Te lo presto, ¿para qué somos amigas?

Tal vez no sea lo más conveniente que nos mientan para hacernos sentir mejor, pero, cuando estamos haciendo el intento de sacar una sonrisa a pesar del dolor, del temblor, de la rigidez, no nos ayuda que nos recuerden que estamos mal, ya que más que nosotros mismos no lo sabe nadie.
En estas ocasiones, el abrazo de un amigo, el beso de un ser querido, puede más que un remedio.
Y muchas veces, aún estando mal, sintiéndonos vulnerables, somos nosotros mismos quienes podemos dar ese abrazo, ese beso, esa palabra de aliento a otro que lo esté necesitando.
Seguramente, sólo el hecho de tender esa mano, nos haga sentir mejor también a nosotros mismos.

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